DE LA PROMESA AL PAN 

Y DEL PAN A LA MISIÓN

 

Una reflexión sobre las Escrituras, Cristo y el discipulado

Hay preguntas que llegan para exigir una respuesta y otras que llegan para obligarnos a pensar. Prefiero las segundas. Una respuesta puede cerrar una conversación; una buena pregunta, en cambio, puede acompañarnos durante años.

Una de esas preguntas apareció mientras explicaba el origen de PLANTEC.

Había dicho que tanto el Orden Espiritual como el Hexagrama Misional habían surgido de una lectura integral del Nuevo Testamento. Expliqué cómo, después de muchos años de ministerio, ciertas palabras fueron adquiriendo ante mis ojos una relación que antes no había advertido con tanta claridad: Didaskalia, Diakonia, Kerysso, Kerigma, Karisma y Koinonía.

Entonces alguien preguntó:

—¿Y qué pasa con el Antiguo Testamento?

Confieso que me gusta la pregunta.

Me gusta porque obliga a precisar lo que uno cree haber explicado. También porque detrás de ella existe una preocupación legítima: si toda la Escritura es importante para la fe cristiana, ¿por qué construir una propuesta de discipulado que toma como campo principal de observación el Nuevo Testamento?

Mientras pensaba en ello, no imaginé primero una biblioteca ni un salón de teología.

Imaginé una cocina.

I. La receta

Tengo para mí que las cosas más profundas de la vida suelen esconderse detrás de imágenes muy sencillas. El pan, la semilla, el agua, una puerta, una lámpara, un camino. Jesús mismo parecía tener particular afecto por ellas. Quizá porque la verdad, cuando es verdaderamente grande, no siempre necesita palabras complicadas.

Pensé entonces en una receta.

Una receta contiene algo curioso: habla de una comida que todavía no tenemos delante.

Describe sus ingredientes. Establece un orden. Indica cantidades. Señala tiempos. Nos dice qué debe ocurrir primero y qué debe suceder después.

Quien lee atentamente una receta puede incluso imaginar el resultado.

Pero no puede saborearlo.

La receta posee una especie de orientación hacia algo que todavía espera realizarse.

Y pensé en el Antiguo Testamento.

No pretendo reducirlo a una receta, porque sería empobrecer una historia demasiado rica. Allí encontramos mucho más: creación y caída, pacto y liberación, ley y sabiduría, adoración y lamento, justicia y misericordia, fidelidad humana e infidelidad humana; y, atravesándolo todo, la sorprendente fidelidad de Dios.

Pero también encontramos una historia que parece mirar constantemente hacia adelante.

Dios llama a Abraham y hace una promesa.

Libera a un pueblo de la esclavitud.

Establece un pacto.

Moisés conduce.

David reina.

Los salmistas cantan.

Los profetas denuncian, esperan y anuncian.

Israel cae y vuelve a levantarse.

Y generación tras generación queda en el aire la sensación de que la historia todavía no ha dicho su última palabra.

Es como entrar en una casa y descubrir que alguien está cocinando.

No hemos visto todavía el banquete, pero el aroma nos dice que algo se aproxima.