III. Cuando el pan aparece
Y aquí mi imaginación vuelve a la cocina.
La receta está sobre la mesa.
Los ingredientes han cumplido su función.
El aroma llena la casa.
Pero de pronto alguien abre el horno y aparece el pan.
Ya no estamos solamente ante palabras que describen lo que vendrá.
Algo ha sucedido.
El evangelista Juan lo expresa de una manera que ninguna analogía culinaria podría superar:
“Y aquel Verbo fue hecho carne.”
Aquí se encuentra el punto decisivo para PLANTEC.
No afirmamos que el Antiguo Testamento carezca de enseñanza, servicio, proclamación, dones, comunidad o misión. Sería absurdo sostenerlo. Sus raíces están allí y precisamente esas raíces ayudan a comprender su desarrollo posterior.
La razón para concentrarnos en el Nuevo Testamento es otra.
PLANTEC parte de una pregunta concreta:
¿Cómo forma Jesucristo a sus discípulos y cómo esa formación continúa en la vida y misión de la Iglesia?
Esta pregunta determina el lugar desde donde miramos.
Queremos contemplar a Jesús llamando.
Jesús enseñando.
Jesús sirviendo.
Jesús proclamando.
Jesús enviando.
Después queremos contemplar a sus discípulos aprendiendo, equivocándose, creciendo, recibiendo al Espíritu, descubriendo sus dones, formando comunidad y siendo enviados al mundo.
No estamos intentando construir una teoría acerca de toda la Biblia.
Estamos intentando observar el discipulado de Jesucristo tal como se manifiesta en el Nuevo Testamento.
Y esa diferencia me parece fundamental.
IV. Seis palabras alrededor de un solo pan
Durante años me llamaron la atención ciertas palabras que reaparecían en mis estudios y en la práctica ministerial.
Al principio eran solamente términos.
Después comenzaron a parecerme ventanas.
Didaskalia.
Diakonia.
Kerysso.
Kerigma.
Karisma.
Koinonía.
Una palabra aislada puede convertirse fácilmente en una especialidad. Y quizá ese sea uno de nuestros problemas eclesiales: hemos aprendido a separar demasiado bien aquello que el Evangelio mantiene unido.
Una iglesia puede enseñar mucho y servir poco.
Otra puede servir admirablemente, pero formar débilmente a sus discípulos.
Podemos proclamar sin comunidad.
Podemos tener comunidad sin misión.
Podemos celebrar los dones y olvidar para qué fueron dados.
Podemos incluso hablar del Evangelio y, paradójicamente, desplazar a Cristo del centro.
Cuando regresé al Nuevo Testamento intentando mirar estas dimensiones conjuntamente, comencé a comprenderlas de otra manera.
Didaskalia me habla del discípulo que aprende.
Diakonia, del discípulo que sirve.
Kerysso, del discípulo enviado a proclamar.
Kerigma, de Cristo y su Evangelio como centro del mensaje.
Karisma, de los dones que el Espíritu concede para la edificación y el servicio.
Koinonía, de una vida que ya no puede entenderse aisladamente, porque el discípulo es incorporado a una comunidad.
Pero cometeríamos un error si imagináramos seis panes.
Hay un solo pan.
Las seis dimensiones no son seis evangelios, seis iglesias ni seis caminos alternativos.
Son una manera pedagógica de contemplar diferentes dimensiones de una misma existencia:
la vida del discípulo de Jesucristo.
V. ¿Debemos entonces guardar la receta?
Supongamos ahora que alguien, emocionado ante el pan recién preparado, toma el antiguo recetario y se dispone a arrojarlo a la basura.
Yo le detendría la mano.
—¿Qué haces?
—Ya tenemos el pan —respondería—. ¿Para qué necesitamos la receta?
Precisamente aquí aparece uno de los peligros de nuestra analogía.
Si utilizáramos la imagen incorrectamente, alguien podría pensar que el Nuevo Testamento vuelve innecesario al Antiguo.
No es eso lo que quiero decir.
La receta permanece sobre la mesa.
Permanece porque nos cuenta la historia.
Nos muestra los ingredientes.
Nos permite comprender el proceso.
Nos recuerda de dónde venimos.
El Nuevo Testamento está lleno de ecos, imágenes, palabras, esperanzas y referencias que proceden del Antiguo. Separarlos violentamente sería intentar comprender una conversación escuchando solamente la segunda mitad.
Por eso PLANTEC no propone:
Antiguo Testamento contra Nuevo Testamento.
Prefiero pensar:
Promesa y cumplimiento.
Preparación y realización.
Esperanza y llegada.
Historia y plenitud en Cristo.
No hay desprecio por aquello que vino antes.
Hay continuidad.
Y precisamente porque existe continuidad podemos comprender mejor la novedad que Cristo introduce.
VI. Pero tampoco basta contemplar el pan
Llegados a este punto podría terminar mi reflexión.
Tenemos la receta.
Tenemos la mesa.
Tenemos el pan.
Pero sospecho que todavía nos falta lo esencial.
Porque uno puede poseer una magnífica receta y jamás cocinar.
También puede preparar un excelente alimento y dejarlo enfriar sobre la mesa.
Incluso puede fotografiarlo, describirlo, analizar sus ingredientes y discutir con otros acerca de la mejor manera de prepararlo.
Y continuar con hambre.
Algo semejante puede ocurrir con la fe.
Podemos estudiar la Escritura sin permitir que nos examine.
Podemos aprender doctrina sin convertirla en obediencia.
Podemos hablar de servicio sin arrodillarnos jamás ante la necesidad de otra persona.
Podemos defender la evangelización sin hablarle nunca a nadie de la esperanza que hemos recibido.
Podemos descubrir nuestros dones y utilizarlos solamente para nosotros mismos.
Podemos asistir durante años a una congregación sin aprender verdaderamente a llevar las cargas unos de otros.
Podemos conocer mucho acerca de Cristo sin seguir a Cristo.
Y aquí, para mí, la metáfora deja de ser simplemente una explicación sobre los dos Testamentos y se convierte en una pregunta dirigida a la Iglesia:
¿Qué estamos haciendo con el pan?
VII. De la mesa al camino
Jesús no llamó a sus discípulos para que permanecieran eternamente sentados escuchándolo.
Los llamó para estar con Él, aprender de Él y después participar en su misión.
Hay dos palabras de Jesús que, colocadas en los extremos del discipulado, expresan admirablemente este movimiento.
La primera es:
“SÍGUEME.”
La segunda:
“ID.”
Entre ambas transcurre la formación del discípulo.
Sígueme: ven, aprende, observa, deja que tu vida sea reordenada.
Id: ahora sal, sirve, proclama, utiliza lo que has recibido, camina con otros y participa en aquello que Dios está haciendo en el mundo.
Quizá todo PLANTEC pueda comprenderse dentro de ese movimiento.
SÍGUEME → FORMACIÓN → TRANSFORMACIÓN → MISIÓN → ID.
El Orden Espiritual pregunta qué ocurre dentro del discípulo cuando Cristo comienza a ordenar su existencia.
El Hexagrama Misional pregunta cómo esa vida formada se expresa integralmente en aprendizaje, servicio, proclamación, Evangelio, dones y comunidad.
Uno mira particularmente hacia la formación de la persona.
El otro ayuda a mirar la expresión misional de esa formación.
Pero ambos dependen de lo mismo:
Cristo debe permanecer en el centro.
VIII. El pan nunca fue solamente para nosotros
Ahora imagino la última escena.
La mesa está preparada.
La receta permanece abierta.
El pan ha sido partido.
Alrededor hay discípulos.
Pero junto a la puerta hay una canasta.
Y quizá esa canasta explique mejor la misión de la Iglesia que muchas definiciones.
Porque el pan recibido alrededor de la mesa debe ser llevado fuera de ella.
La Iglesia aprende, pero no solamente para saber.
Sirve, pero no para ser admirada.
Proclama, pero no para engrandecerse.
Recibe dones, pero no para exhibirlos.
Vive en comunidad, pero no para encerrarse.
La Iglesia recibe para dar.
Es formada para ser enviada.
Es transformada para participar en la transformación.
Y entonces comprendo mejor el camino que durante años he intentado expresar mediante PLANTEC:
CRISTO
↓
ORDEN ESPIRITUAL
↓
HEXAGRAMA MISIONAL
↓
DISCÍPULO TRANSFORMADO
↓
IGLESIA TRANSFORMADORA
↓
SOCIEDAD TRANSFORMADA
↓
GLORIA DE DIOS
Epílogo — La mesa permanece abierta
Vuelvo finalmente a aquella pregunta:
¿Y qué pasa con el Antiguo Testamento?
Ahora respondería con menos prisa.
El Antiguo Testamento permanece sobre nuestra mesa.
Lo necesitamos.
Nos cuenta de dónde viene la promesa, nos introduce en la historia de Dios con su pueblo y nos proporciona el lenguaje con el cual podemos comprender muchas de las cosas que encontramos en Cristo.
Pero PLANTEC dirige especialmente su mirada hacia el Nuevo Testamento porque su pregunta no es solamente cómo fue preparada la mesa, sino:
¿Cómo forma Jesucristo a quienes se sientan alrededor de ella y cómo los envía después a compartir el pan?
Por eso no quiero terminar diciendo que el Antiguo Testamento fue simplemente la receta y el Nuevo Testamento simplemente el alimento.
La realidad bíblica es demasiado grande para caber completamente en una metáfora.
Prefiero decir:
El Antiguo Testamento nos permite contemplar una mesa que Dios fue preparando a lo largo de la historia. El Nuevo Testamento nos presenta a Jesucristo en el centro de esa historia, llamando, formando y enviando discípulos.
Y nosotros todavía estamos alrededor de aquella mesa.
Todavía escuchamos:
“SÍGUEME.”
Todavía recibimos el pan.
Todavía somos formados.
Y todavía, cuando creemos que hemos llegado al final, Cristo señala la puerta y nos dice:
“ID.”
Tal vez allí se encuentre la verdadera moraleja.
La promesa preparó la mesa.
Cristo ocupó el centro.
El Espíritu capacitó a los discípulos.
Y la Iglesia recibió el pan, no para guardarlo, sino para compartirlo con el mundo.
Entre el “SÍGUEME” y el “ID” transcurre la vida del discípulo.
Y es precisamente en ese espacio donde PLANTEC encuentra su razón de ser.
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