PLANTEC  

DEL ASIENTO A LA MISIÓN



Ensayo narrativo sobre el camino de un discípulo

Durante muchos años creí que seguir a Cristo consistía, principalmente, en no alejarme demasiado de la Iglesia.

No era una conclusión que hubiera formulado con esas palabras. Nadie me la había enseñado de esa manera. Era, más bien, una de esas convicciones silenciosas que se instalan en nosotros sin pedir permiso y que, precisamente porque nunca las examinamos, terminan gobernando buena parte de nuestra vida.

Yo asistía. Y asistir me parecía una prueba suficiente de fidelidad.

Conocía los horarios, los himnos, las reuniones, las costumbres y hasta esos pequeños desacuerdos que solamente conocen quienes llevan muchos años dentro de una congregación. Había aprendido cuándo ponerme de pie, cuándo sentarme, cuándo guardar silencio y cuándo decir amén.

También había servido. Había pertenecido a comités, participado en estudios, ayudado en actividades y escuchado tantos sermones que ya no podría contarlos.

Si alguien me hubiera preguntado si era cristiano, habría respondido inmediatamente que sí. Pero si me hubiera preguntado:


¿Eres discípulo?

Tal vez habría respondido con la misma seguridad. Ahora no estoy tan seguro de que hubiera comprendido la pregunta. Porque uno puede acostumbrarse tanto a las cosas de Dios que corre el peligro de confundir la cercanía con ellas con la cercanía a Dios. Y quizá esta sea una de las paradojas de la religión: podemos pasar mucho tiempo hablando de Cristo sin detenernos a preguntarnos si realmente estamos caminando detrás de Él.

Un día la pregunta llegó. No puedo decir que escuché una voz. Las grandes preguntas rara vez necesitan levantar la voz. Simplemente apareció:


¿Estoy siendo formado como discípulo de Jesucristo?

Intenté responder enumerando mis actividades.

Voy a la iglesia.

Leo la Biblia.

Sirvo.

Predico.

Participo.

Doy.

Ayudo.

Pero la pregunta permaneció allí, obstinadamente quieta:

No te estoy preguntando qué haces.
Te estoy preguntando en quién te estás convirtiendo.


Aquello me incomodó.

Las preguntas que pueden responderse con estadísticas son relativamente fáciles. ¿Cuántas veces asistí? ¿Cuántos capítulos leí? ¿Cuántas reuniones dirigí? ¿Cuántas personas participaron?

Pero ¿cómo se mide una vida?

¿Cómo puedo saber si después de tantos años soy más parecido a Cristo?

Entonces recordé aquellas dos palabras que Jesús pronunció tantas veces y que, por conocidas, quizá habían perdido para mí su capacidad de perturbar:

“Sígueme.”

Qué extraño. Yo había convertido en complicada una invitación extraordinariamente sencilla. Jesús no comenzó entregando a sus discípulos un programa. No les entregó un organigrama. No les pidió primero que construyeran una institución. Los llamó a caminar detrás de Él. Y comprendí algo que quizá siempre había sabido:


1. El cristianismo comienza con Cristo.

No con nosotros. No con nuestros métodos. Ni siquiera con nuestras iglesias. Con Cristo.

El libro PLANTEC expresa precisamente esa convicción: las dimensiones de la formación cristiana son esenciales, pero forman parte de una vida integral cuyo centro permanece siempre en Jesucristo.

El desorden que no se ve.

Pero descubrir el centro no resolvió inmediatamente mi problema.

Porque cuando intenté seguir a Cristo descubrí algo todavía más incómodo:

mi vida estaba desordenada.

No necesariamente por grandes pecados visibles. Hay desórdenes más discretos. Decía que Dios era primero, pero algunas preocupaciones ocupaban mis mejores pensamientos. Decía que amaba a mi prójimo, pero había personas a las que evitaba. Decía que creía en la oración, pero encontraba tiempo para casi todo antes que para orar. 

Sabía cosas que no practicaba. Predicaba principios que todavía luchaban por encontrar alojamiento en mis hábitos. Tenía dones que utilizaba poco y responsabilidades que algunas veces utilizaba demasiado. Entonces comprendí que una vida puede parecer organizada por fuera y estar profundamente fragmentada por dentro.


2. Tal vez por eso necesitamos lo que en PLANTEC llamamos Orden Espiritual.

No lo entiendo como el intento de colocar la existencia en pequeños compartimentos religiosos. La vida humana se resiste a semejante geometría.

Lo entiendo de otra manera:

permitir que Cristo vaya colocando cada cosa bajo su señorío.

Mis pensamientos.

Mis prioridades.

Mis relaciones.

Mis dones.

Mi tiempo.

Mi servicio.

Mi misión.

Porque Jesús no improvisó la formación de aquellos primeros discípulos. Los llamó, caminó con ellos, les enseñó, los corrigió, los envió y los preparó para vivir como comunidad bajo la acción del Espíritu. Esa coherencia formativa es precisamente lo que PLANTEC denomina Orden Espiritual.

Seis voces comenzaron a interrogarme

Cuando comencé a mirar mi vida de esa manera, descubrí que el discipulado tenía más dimensiones de las que yo había considerado.



La primera pregunta vino de mi mente:

¿Qué estoy aprendiendo de Cristo?

La llamé Didaskalia.

Me hizo comprender que no todo conocimiento transforma. Uno puede acumular información bíblica de la misma manera que acumula libros en una biblioteca: muchos volúmenes y muy poca vida.

Aprender de Jesús debía significar permitir que su verdad modificara mi manera de pensar. Después aparecieron mis manos.


Me preguntaron:

¿A quién estás sirviendo?

Era Diakonia.

Y descubrí que el amor cristiano que nunca llega a las manos corre el riesgo de quedarse viviendo cómodamente entre las palabras. 


Después apareció mi voz.

¿Qué esperanza estás compartiendo?

Era Kerysso.

Comprendí entonces que había hablado de muchas cosas durante mi vida. De problemas. De política. De deportes. De personas. De noticias. De preocupaciones. Pero ¿con qué naturalidad hablaba de la esperanza que había encontrado en Cristo? 


Entonces llegó una pregunta todavía más profunda:

¿Cuál es realmente el centro de tu mensaje?

Era Kerigma.

Y tuve que reconocer que incluso las buenas obras cristianas pueden terminar hablando demasiado de nosotros.

Nuestro ministerio.

Nuestra congregación.

Nuestro proyecto.

Nuestro éxito.

Nuestra visión.

Hasta que Cristo queda convertido en una especie de firma religiosa al final de nuestros planes. Kerigma me devolvió al principio: Cristo es el mensaje.

Después contemplé mis capacidades. Algunas las conocía. Otras quizá todavía permanecían escondidas. 


La pregunta fue:

¿Qué has hecho con lo que Dios puso en tus manos?

Era Karisma.

Los dones dejaron entonces de parecerme medallas espirituales.

Comprendí que un don que solamente sirve para distinguirme de los demás ha perdido buena parte de su sentido.

El don encuentra su belleza cuando se convierte en servicio.


Finalmente apareció una pregunta que parecía más sencilla:

¿Con quién estás caminando?

Era Koinonía.

Y descubrí algo sorprendente: es posible estar rodeado de personas y caminar solo. Es posible asistir a una iglesia y no permitir que nadie conozca nuestras luchas. Es posible compartir un banco cada domingo sin compartir verdaderamente la vida. Cristo no había llamado discípulos aislados. Había formado una comunidad.


Mi error fue hacerlas competir

Durante algún tiempo pensé que debía decidir cuál de aquellas dimensiones era la más importante.

Quizá la enseñanza.

Quizá el servicio.

Quizá la evangelización.

Quizá la comunión.

Pero después comprendí que la pregunta estaba mal formulada. Era como preguntarme cuál órgano de mi cuerpo considero prescindible. Las seis dimensiones no habían venido a competir. Habían venido a mostrarme mi fragmentación.


3. Entonces comprendí el Hexagrama Misional.

No como una figura que debiera admirar.

Ni como una fórmula que resolviera mágicamente el discipulado.

Lo comprendí como un espejo.

Un espejo no crea el rostro.

Solamente ayuda a verlo.

Así también el Hexagrama no crea el discipulado. Ayuda a observar algunas de sus dimensiones esenciales y a preguntarnos dónde necesitamos crecer.

El propio modelo advierte que cuando una dimensión crece mientras otra permanece descuidada, la formación pierde armonía; las seis forman un solo discipulado bajo la dirección del Espíritu Santo.

Y allí apareció una pregunta que ya no pude evitar:

¿Qué clase de discípulo estoy llegando a ser?

No pregunté: ¿Qué cargo tengo?

Ni: ¿Cuánto sé?

Ni siquiera: ¿Cuánto hago?

Pregunté: ¿Cuánto de Cristo puede verse en mí?


El peligro de quedarse transformado

Después apareció otra tentación. Pensé que la finalidad del discipulado era mi transformación. Suena razonable. Hasta suena espiritual. Pero es insuficiente. Porque si Cristo transforma mi vida únicamente para que yo disfrute de una vida transformada, el Evangelio termina encerrado nuevamente en mí.

El discípulo transformado no es la última estación. Es el comienzo de una nueva responsabilidad. Un discípulo transformado comienza a transformar su manera de relacionarse con otros. Y cuando muchos discípulos permiten que Cristo haga esa obra, algo comienza a ocurrir en la Iglesia.

Ya no preguntamos solamente: 

¿Qué puede hacer mi iglesia por mí?

Comenzamos a preguntar: 

¿Qué puede hacer Cristo por medio de nosotros?

Entonces la Iglesia deja de parecer un edificio al que vamos y comienza a revelarse como un pueblo enviado.


4. Una Iglesia transformadora.

Pero incluso allí podríamos detenernos demasiado pronto. Porque la Iglesia tampoco existe solamente para sí misma. Fuera de nuestros templos continúa existiendo una sociedad que sufre. Familias heridas. Niños que necesitan dirección. Jóvenes buscando propósito. Ancianos que experimentan soledad. Pobres. Migrantes. Personas sin esperanza. Barrios divididos. Comunidades que necesitan reconciliación.

Y de pronto escuché otra pregunta: Si Cristo está transformando nuestra Iglesia, ¿quién fuera de ella puede percibirlo?

Aquella pregunta me pareció terrible y hermosa. 

Terrible, porque no podía responderla solamente con el número de personas que asistían el domingo.

Hermosa, porque me permitió comprender que el discipulado podía salir por las puertas del templo.

La transformación social de PLANTEC no consiste en que la Iglesia conquiste la sociedad, sustituya al Estado o imponga el Reino. El libro la entiende como el Evangelio vivido por hombres y mujeres que hacen visibles los valores del Reino en los diferentes ámbitos de la vida.

Un maestro cristiano puede llevar verdad y compasión a su escuela.

Una enfermera puede convertir su profesión en servicio.

Un comerciante puede practicar honestidad.

Una familia puede aprender reconciliación.

Un joven puede compartir esperanza.

Una congregación puede escuchar las heridas de su barrio.

Un discípulo puede descubrir que la misión comienza precisamente donde Dios lo ha colocado.

Entonces entendí:

la sociedad comienza a ser tocada cuando el Evangelio deja de ser solamente pronunciado y comienza a hacerse visible.

Y todavía faltaba una pregunta

Pensé que había llegado al final.

Cristo.

Orden Espiritual.

Hexagrama Misional.

Discípulo transformado.

Iglesia transformadora.

Sociedad transformada.

Parecía un recorrido completo.

Pero faltaba una pregunta.

Tal vez la más importante:

¿Para qué?

¿Para qué queremos discípulos transformados?

¿Para demostrar que nuestro método funciona?

No. 

¿Para construir iglesias admiradas?

No.

¿Para poder decir que transformamos una comunidad?

Tampoco.

Entonces comprendí que todavía quedaba una última conversión: la conversión de nuestras propias intenciones. Porque incluso haciendo el bien podemos terminar buscándonos a nosotros mismos.

Podemos servir para ser reconocidos.

Podemos enseñar para ser admirados.

Podemos predicar para ser escuchados.

Podemos construir ministerios para dejar nuestro nombre.

Y podemos hablar de transformar el mundo hasta comenzar a creer que somos nosotros quienes lo salvamos.

PLANTEC necesitaba entonces terminar exactamente donde debía terminar:

en la gloria de Dios.

El libro lo expresa con claridad: Cristo no forma discípulos solamente para hacer mejores personas, fortalecer la Iglesia o transformar la sociedad. Todo eso pertenece a un propósito mayor: que Dios sea conocido, amado, adorado y glorificado.


Y comprendí finalmente el camino:

1. CRISTO no es simplemente el primer punto. Es el centro.

2. El ORDEN ESPIRITUAL no pretende organizar mi religión.

Busca colocar mi vida bajo su señorío.

3. El HEXAGRAMA MISIONAL no divide mi discipulado.

Me recuerda que Cristo quiere formar integralmente mi vida.

4. El DISCÍPULO TRANSFORMADO no existe para contemplar su propia transformación.

Es enviado.

5. La IGLESIA TRANSFORMADORA no existe para encerrarse dentro de sus paredes. Sirve.

6. La SOCIEDAD TRANSFORMADA no es un monumento al éxito de la Iglesia. Es el lugar donde comienzan a hacerse visibles señales del Reino.

7. Y la GLORIA DE DIOS no es simplemente la última palabra del diagrama. Es la razón por la cual existe todo lo demás.


Volví a mi asiento

Al terminar estas reflexiones, imaginé que regresaba al mismo asiento donde había comenzado. Exteriormente nada había cambiado. Era la misma silla. La misma iglesia. La misma Biblia descansaba sobre mis piernas. Pero ahora la pregunta era diferente. 

Antes preguntaba: ¿Qué tengo que hacer en la Iglesia?

Ahora preguntaba: ¿En quién quiere Cristo que me convierta y adónde quiere enviarme?

Abrí la Biblia. Y aquellas dos palabras volvieron a encontrarme:

“Sígueme.” 

Sonreí.

Después de tantos años, comenzaba a comprenderlas.

Me levanté del asiento.

Porque quizá el discipulado comienza precisamente allí:

cuando dejamos de considerar la fe solamente como un lugar al que asistimos y comenzamos a vivirla como un camino detrás de Jesucristo.

Y mientras caminaba comprendí que PLANTEC podía resumirse, después de todo, en un movimiento extraordinariamente sencillo:

Cristo me llama.
Cristo ordena mi vida.
Cristo forma integralmente mi discipulado.
Cristo me transforma.
Cristo me incorpora a su Iglesia.
Cristo nos envía al mundo.

Y al final, cuando todo haya sido dicho, enseñado, servido, proclamado y vivido, no quedará el nombre del discípulo, ni el nombre de la Iglesia, ni siquiera el nombre de un método.


Quedará solamente aquello para lo cual comenzó todo:

SOLI DEO GLORIA

A Dios sea toda la gloria.

Eso coincide con el cierre espiritual del libro: “Todo comenzó con Cristo. Todo vuelve a Cristo”; discípulo, Iglesia y sociedad encuentran finalmente su propósito en glorificar al Dios trino.


MISIÓN QUE DEJA HUELLA

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